Archivos Mensuales: noviembre 2014

El paro es un patógeno en sí

Algunas Observaciones de un naturalista urbano reflejado en el espejo del Manzanares.

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La mendicidad no tiene horarios, ni días libres, ni festivos. Pocos se paran a pensar en las personas que “trabajan en la calle” o se cuestionan cómo han llegado a situaciones tan degradantes como mantener, en ocasiones, posturas extrañas durante horas y horas a cambio de alguna moneda, mantener el tipo y “el cartel que declama una miseria” sistémica acompañada de ciertas conductas o patologías como hablar solo, con alguien inexistente o sufrir diversas alucinaciones, según declaraciones concedidas por el director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en el año 2010.

Cuatro años después, su planteamiento cobra aún más relevancia teniendo en cuenta las cifras de desempleo, de riesgo de exclusión y pobreza, de precariedad laboral, de aumento del consumo de psicofármacos, suicidios y trastornos psicosociales en alza y a una velocidad de vértigo.

¿Es la enfermedad mental la causante de la pobreza y la miseria o quizá es al revés?.
Lo que está claro es que estas personas son sistemáticamente excluidas de la sociedad.

A pesar del determinismo biológico de las ideologías de corte neoliberal y del capitalismo más agresivo, cabe pensar que el nivel socioeconómico tiene bastante importancia a la hora de desarrollar estas enfermedades.
En igualdad de condiciones de predisposición biológica, los sujetos con mayor nivel socioeconómico tienen menos probabilidades de padecerlas y pueden permitirse su tratamiento y medicación. Por el contrario, quien carece de recursos, aunque tenga la misma predisposición biológica, tendrá más probabilidades de enfermar y quedar excluido.

Por tanto, NO ES LEGÍTIMO TRATAR DE JUSTIFICAR DE MANERA CIENTÍFICA UNA SOCIEDAD INJUSTA. Los servicios sociales, la sanidad y la  asistencia médica pública son la única garantía que tenemos para evitar este tipo de situaciones y enfermedades.

Los pobres y parados enferman más y mueren antes que los ricos y estas diferencias sociales tienden a aumentar. Las enfermedades conductuales como las de tensión, de mala alimentación, de tabaquismo y sedentarismo aumentan de manera exponencial en estos grupos sociales.

Hubo un tiempo en que muchos defendían que la enfermedad era la causante del desempleo individual y no viceversa…

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Se supone que el crecimiento económico facilita la salud pública pero la mayoría de estudios asocian hoy el desempleo a un deterioro de la salud. Con datos de paro masivo como los actuales y el aumento de la llamada mortalidad de efecto retardado (tras cinco años de desempleo), está demostrado el aumento de alrededor de 65.000 admisiones hospitalarias psiquiátricas y unas 220.000 muertes por el aumento de cada millón de parados en condiciones de “normalidad económica”(esto es con sólo un 5% de tasa de desempleo).

Imaginen las cifras en  nuestras condiciones “anormales” actuales, que rozan el 25%  de tasa de desempleo… Y hagan sus propios cálculos, que a nosotras no nos salen las cuentas.

La ansiedad, los estados depresivos y la tensión aumentan al aparecer el desempleo. La participación y el sentido de autonomía personal también se ven afectados en muchos casos.

Esto es hoy extensible a aquellas personas en situaciones de despido colectivo, precariedad laboral y recortes salariales y de personal ya que, añadido a todo esto, el desempleo conlleva una disminución de los ingresos considerable que convierte la alimentación saludable en baja ingesta proteica, malnutrición e incluso hambre, vivienda en malas condiciones de confort, temperatura o higiene y una miseria en general harto conocida pero muy poco estudiada en profundidad.

Otra consecuencia psicosocial derivada del desempleo es la adquisición del status de parado. La libre disposición del tiempo libre en una sociedad que no acepta el ocio como actividad principal es una nueva fuente de tensiones. La padecen los artistas y las madres desde tiempos inmemoriales. El arte y los trabajos de cuidados no siempre fueron, ni son a día de hoy,  valorados ni considerados como trabajo propiamente dicho.
Esto tiene un gran efecto sobre la salud mental a medio y a largo plazo en estos grupos sociales.

En materia de legislación laboral y Seguridad social se derogan convenios y cláusulas que protegen la salud y la estabilidad en el empleo, se institucionaliza la precariedad y la desigualdad, se restringen y vulneran los derechos sindicales conduciendo al trabajador a segregarse de su grupo o colectivo profesional.

La individualización sustituye a la solidaridad abocando a los más pobres al recurso asistencial de la beneficencia pública o a la mendicidad mientras un alto porcentaje de la fuerza laboral es impelida a trabajar en economía sumergida o doméstica y sin ningún tipo de protección.

A la pérdida del puesto de trabajo y según diversos estudios realizados por el departamento de Salud Laboral de CCOO, le siguen tres fases:

– En un primer momento se produce la negación de la situación y el “efecto vacaciones” de la persona en nueva situación de desempleo.

– Tras las sucesivas gestiones de búsqueda de empleo, se produce una situación de distress prolongada y comienzan las primeras alteraciones de la salud para el parado y para los que dependen de él. La pobreza relativa se convierte en un problema obsesivo diario.

– La persona trabajadora, deprimida y resignada, se acomoda al estilo de vida de la persona “parada”, pasando horas ante el televisor e incluso aislándose de su círculo de amistades y familiares reduciéndose sus relaciones sociales de manera generalizada.

Esta acomodación es falsa. Si bien el ser humano está preparado para todo tipo de dolores, enfermedades e incluso para la muerte, no acepta ni está preparado para la situación de desempleo y mucho menos en la sociedad urbana, industrial y tecnológica actual donde el trabajo estructura el tiempo, facilita las relaciones humanas y proporciona un status y unas experiencias que con el desempleo se verán anuladas.

Los sentimientos de frustración, inutilidad e infravaloración, la angustia y los estados depresivos, base del incremento de la tasa de intentos de suicidio no consumados y consumados, aumentan de forma exponencial en parados de larga duración.

Un estudio realizado en diferentes barrios de Madrid demuestra que el 35% de personas desempleadas más de seis meses presenta alteraciones del sistema nervioso, insomnio, dolor de cabeza, fatiga injustificada, irritabilidad y problemas gástricos.

De cada 100 mujeres desempleadas, 67 presentan algún desarreglo de conducta, el 65% padece problemas digestivos, el 68% cardiovasculares y el 50% trastornos en la esfera de la sexualidad.

En las zonas con altas tasas de paro se detecta una acentuada conciencia de inseguridad general o de peligro inespecífico, así como la tendencia a recibir de manera estable la asistencia, se medicaliza el malestar y se criminaliza al parado tolerándose mejor a psicóticos crónicos, débiles mentales o pacientes seniles en ciertos entornos, tanto por factores materiales y económicos de pensiones o de tipo subsidiario, como ideológicos, en términos de tratamiento marginal al parado por parte de la sociedad.

Aspectos que trataremos con mayor profundidad en otra ocasión dada su complejidad.

El Departamento concluye que “EL PARO ES ENFERMEDAD, ES PATÓGENO EN SÍ. Mina la salud de quien lo padece y su entorno social.”

La Asociación Española de Neuropsiquiatría y otras asociaciones participantes en el IV Seminario Europeo sobre Salud Mental y Exclusión Social, constatan de manera unánime y  generalizada:

El creciente incremento del número y diversidad de individuos que viven en condiciones de marginación, incluyendo el número de pacientes mentales en esta situación.
– Son cada vez más frecuentes los jóvenes y las mujeres en estos grupos.

– Los responsables inmediatos de estas situaciones más frecuentes son: la pérdida de vivienda, los movimientos migratorios intra y transnacionales con el consiguiente desarraigo y el paro prolongado.

No existe, por tanto, ninguna identidad intrínseca a los “sin hogar” sino el ser víctima de procesos económicos, sociales y culturales de exclusión.

– La situación de estas personas parece no ser una prioridad para nuestros responsables políticos y se aprueban leyes en las que predominan valores y reglas descaradamente a merced de las leyes de mercado, que no entienden ni defienden los derechos humanos universales ni los de ciudadanía. No se establecen garantías para su pleno ejercicio.

– Las reducciones presupuestarias europeas afectan especialmente a las personas y poblaciones en situaciones más precarias agravándolas, las demandas no son visibles por la administración pública, la disociación entre recursos sociales y sanitarios alienta la patología.

– Se da una clara tendencia a descargar responsabilidades de los poderes públicos en organizaciones de voluntarios, caritativas, asociaciones humanitarias, ciudadanas, ONG’s, etc.

QUEREMOS ALERTAR CONTRA LA OLA CRECIENTE DE INTOLERANCIA HACIA LAS POBLACIONES DIFERENTES, especialmente hacia las que muestran signos de debilidad y/o precariedad, cada vez más expuestos a la violencia de masas con actitudes como el rechazo, el desprecio, la indiferencia y la agresión psicofísica o la marginación.
Nuestra más enérgica condena moral ante estas actitudes y comportamientos.

Instamos a los poderes públicos y a la sociedad en su conjunto a que asuma el compromiso de abordar de forma prioritaria la solución de estos graves problemas. Se proponen acciones como expresión del reconocimiento de los derechos fundamentales de toda la ciudadanía como:

– Definir presupuestos específicos para garantizar a todos los individuos de la población una atención integrada en el sistema sociosanitario, asegurar las condiciones dignas evitando la masificación, el hacinamiento y la despersonalización, implementar de manera urgente programas de atención específica que garanticen la continuidad y la calidad de los cuidados en materia de vivienda (protección frente al desalojo), renta mínima asegurada en tanto persista la situación de falta de ingresos de modo que nadie se vea obligado a mendigar o a aceptar situaciones de explotación alguna, empadronamiento que dé acceso a los servicios públicos y al voto y supresión de las trabas burocráticas que supone su gestión y ejercicio.

Debe preverse una organización flexible y suficientemente diversificada según edad, género y perspectiva personal, por poner un ejemplo.

Deben facilitar la formación amplia y continuada de los agentes que intervienen, sean profesionales o voluntarios, proporcionar a las familias el apoyo económico, material, emocional, educativo, preventivo y de tratamiento (tanto de crisis como continuado) y todas aquellas acciones que eviten rupturas que precipiten o agraven la exclusión, como la preservación de los tradicionales espacios de encuentro y convivencia.

Replantearse y reflexionar sobre la organización de la vida urbana, bloqueando a toda costa la asfixiante especulación y recuperando estos espacios imprescindibles para superar la actual tendencia al aislamiento y soledad entre la multitud. Y estimular la participación de los individuos y colectivos en lo público.

No lo decimos nosotras, sólo transcribimos y apoyamos las propuestas y conclusiones de la Asociación Española de Neuropsiquiatría gracias a los didácticos cuadernos del CAUM, que les proponemos como lectura fácil y altamente recomendable.

Aún habrá quien se pregunte si la salud mental depende de la predisposición biológica o más bien de las circunstancias… En tal caso no llegamos a explicarnos del todo bien y quizá aporte poco aquella famosa frase del Quijote:

“No es locura ni utopía amigo Sancho, sino justicia”.

Somos Mas por y para ella y por ello se lo contamos.

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